Nuestro Instituto se fundó el 5 de Agosto de 1994. Los primeros tres años, los pasamos en la sede situada en la Calle Matice Slovenskej número 11. En diciembre de 1996 una resolución judicial nos otorgó el edificio eclesiástico situado en la calle Tarasa Sevčenka, y el 5 de agosto de 1997, nos trasladamos a dicho recinto mayor, y empezó el crecimiento de nuestro Instituto.
La Patrona de nuestro Instituto es Santa Mónica, madre de San Agustín, que con su amor, paciencia, y esencialmente su ferviente oración, logró convertir a su hijo Agustín en uno de los más grandes genios de la filosofía cristiana. También es símbolo de la filosofía de nuestra escuela: amor, paciencia, caridad, ferviente oración, sinceridad y equilibrio entre los sentimientos y la razón.
Mónica nació en Tagaste (Argelia) en el año 331 o 332, de una familia de buena posición social y profundamente cristiana. Se desposó en plena juventud con Patricio, aún no cristiano, modesto propietario de Tagaste y miembro del consejo municipal.
Mónica era fuerte de ánimo, ardiente en la fe, firme en la esperanza, de brillante inteligencia, sensible a las exigencias de la convivencia, asidua en la oración y en la meditación de la Sagrada Escritura. Ella encarna el modelo de la esposa ideal y de la madre cristiana.
Gana para Cristo a su esposo. Logra la conversión de su hijo Agustín, "el hijo de tantas lágrimas". Asiste a su bautismo con gran gozo. Cuando, con Agustín y los suyos, viaja de retorno a África, muere en Ostia Tiberina (Roma) hacia el mes de octubre, a los 55 años de edad.
Unos catorce días antes madre e hijo habían tenido el dulce "éxtasis de Ostia". En él llegaron a tocar un poco en supremo vuelo del corazón, la Sabiduría hacedora de todas las cosas, dejando allí prendidas las primicias del espíritu.
En el siglo XII se comenzó a celebrar su memoria litúrgica el 4 de mayo.
¡Oh gloriosa Santa Mónica, espejo de esposas, modelo de madres, consuelo de viudas, mujer admirable, a quien Dios infundió el espíritu de oración y concedió aquel don de lágrimas con que supisteis hacer violencia al Dios de las misericordias para que se compadeciera de vuestros gemidos, escuchara vuestras plegarias y os concediera el fin de todos vuestros deseos!, a vuestras plantas venimos hoy las que sufrimos y lloramos en los tristes caminos de la vida, a suplicaros que nos alcancéis el espíritu de oración que Vos tuvisteis y la compunción que merecen nuestras culpas, para que derramando con humildad nuestro corazón ante el Dios de toda piedad y misericordia, alcancemos la gracia de vivir la santa vida que Vos vivisteis en la tierra, y merezcamos la gloria que Vos gozáis ahora en el cielo, en compañía de nuestros padres, esposos e hijos, y de todos los que por la sangre y el afecto nos pertenecen y son en Jesucristo, Señor nuestro, amados y queridos de nuestro corazón. Amén.